a las Dejar un comentario

La desgracia - Juan Bosch

         El viejo Nicasio no acaba de hallarse a gusto con el aspecto de la mañana. Mala cosa era coger el camino a pie y que le cayera arriba el aguacero y se botara el río y se llenara de lodo la vereda del conuco.
         Con aspecto de hambrientas, las pocas gallinas del viejo se metían en el bohío, persiguiendo cucarachas, o irrumpían en la cocina, aleteando para treparse en las barbacoas en busca de granitos de arroz. Nicasio cogió una mazorca de maíz y se puso a desgranarla. Revoloteando y nerviosas, las gallinas se lanzaban a sus pies.
         Desde el patio vecino una voz de mujer gritó los buenos días; después asomó un rostro de cuatro líneas y paño negro en la cabeza. Nicasio se fue acercando a la palizada.
         ─¿No le jalla algo raro al día? ─preguntó la mujer.
         Nicasio tardó en responder. Fumaba, mascaba un grano de maíz y seguía atendiendo a las gallinas, todo a un tiempo.
         ─Ellos sí, Magina. Pa mí como que se va poner un de agua.
         ─Unq unq ─negó ella. Yo hablo de otra cosa. Me da el corazón que algo malo va a pasar. Anoche sentí un perro llorando.
         Nicasio espantó las gallinas, que saltaban sobre su mano. Tornó a ver el cielo. El camino de Tireo rojo como la huella de un golpe, flanqueaba los cerros y se perdía en la distancia; encima se veían nubes cargadas.
         ─Vea Magina ─dijo Nicasio al rato─, no ande creyendo zanganá(1). Lo peor que pué pasar es que llueva.
         La mujer no entendía bien a Nicasio. Cuando se quedan solos, los viejos se ponen raros y caprichosos.
         ─¿Qué llueva? ─preguntó ella intrigada.
         ─sí, que llueva, porque el frijol no se puede secar y se malogra la cosechita. Tengo mucho bejuco cortao.
         Magina hubiera querido contestar que el bohío de Inés no quedaba muy lejos del conuco de su padre, y que bien podía éste llevar allí los frijoles para que los dañara la lluvia; pero se quedó callada porque Nicasio parecía no ponerle atención. Estaba empezando el sol a subir; sobre los firmes de la loma la luz se debatía con el peso de las nubes,  y Nicasio observaba hacia allá. Magina lo veía con placer. Había algo simpático y viril en aquel  hombre, acaso los negros ojillos llenos de vigor o el blanco bigote hirsuto. Años antes, cuando vivía la mujer de Nicasio, ella se dio cuenta de que le gustaba su vecino; pero él nunca le dijo nada, tal vez porque la difunta andaba muy enferma… Ya no podía ser. Había pasado el poco tiempo y los dos se habían ido gastando poco a poco… Alzó la voz:
        ─Lleve el bejuco al bohío de su hija.
        El se volvió repentinamente a la mujer.
        ─¿Cómo voy a trepar esa loma cargao, Magina?
        Eso dijo; pero en realidad no era por la loma por los que no llevaba el bejuco a casa de Inés. Lo cierto es que a Nicasio no le gustaba visitar a nadie. Iba a ver a la hija sólo cuando le quedaba en camino de alguna diligencia.  Le agradaba ver a los nietos; pero no se hallaba bien en casa ajena.
        ─Ahora le traigo café ─oyó decir Magina.
        Observando cómo el sol despejaba por completo las nubes, esperó un rato. Llegó la mujer con el café; se lo tomó en dos sorbos; después dijo adiós, y de paso por el bohío cogió el machete y un macuto. Magina le vio tomar el callejón y salir a la sabana con paso rápido, y pensó que el viejo estaba fuerte todavía a pesar de su pelo cano y de su cocina. “Ojalá y no llueva” pensó con cierta ternura. Después se puso a hervir leche y no se acordó más de su vecino.
        Nicasio empezó a sentir el sol en la subida del portezuelo. Se dijo que ese sol tan picante era agua, y lamentó haber salido. Pero era tarde para volver atrás. Chorreaba sudor cuando llegó al conuco. Comenzó a trabajar inmediatamente, porque sabía que iba a llover; podía apostar pesos contra piedras a que llovería; y deseaba tener cortado todo el bejuco de frijol antes de que cayera el agua.
         No lo logró, sin embargo. Cayeron en unas gotas pesadas, gruesas, y a seguidas se desató un chaparrón. Nicasio recogió los bejucos que tenía cortados, los llevó a un rincón y pensó buscar hojas de plátanos para cubrirlos; pero no había tiempo. El chaparrón degeneró en aguacero violento, que azotaba árboles y tierra. Nicasio tuvo que meterse bajo un árbol. Vio el agua descender en avenidas rojizas y más abundantes cada vez. En diez minutos toda la loma estaba ahogada entre la lluvia, y no era posible ver a cinco pasos.
          ─Tendré que dime pa onde(2) Inés ─dijo Nicasio en voz alta.
          Con esas palabras pareció conjurar a los elementos. Se desató el viento; comenzó a oscurecer, como si atardeciera. En un momento el conuco parecía un río.
           Nicasio cruzó los brazos y echó a andar. Trepar la loma era difícil. Resbalaba, afincaba el machete en tierra, se agarraba a los arbustos. Inés vivía arriba, totalmente arriba. A Nicasio le parecía una locura de Manuel hacer el bohío en lugar tan extraviado. En tiempos de agua, sólo así, para buscar abrigo, podía nadie ir a casa Manuel.
         Había pasado la hora de comer cuando el viejo alcanzó el bohío. La puerta que daba al camino estaba cerrada. Del lado del patio comenzó a ladrar un perro. Nicasio se fue corriendo bajo el alero, pues la lluvia seguía cayendo con todo su vigor, y cuando pasó por el aposento que daba al lado del patio sintió ruido y voces, palabras dichas en toro bajo. La puerta de la cocina sí estaba abierta, y el viejo saludó antes de entrar. Junto al fogón se hallaba el nieto, que le pidió la bendición de rodillas. Nicasio le miró. Era triste el niño. Tendría seis años. Se le veía el vientre crecido, el color casi traslúcido, los dolientes.
         ─Dios lo bendiga ─dijo el abuelo.
         Detrás del fogón estaba la niña. Era más pequeña, y con su trenza oscura repartida a ambos lados del cuello y su expresión inteligente parecía una mujer que no hubiera crecido. Nicasio sonrió al verla.
         ─¿Y tu mamá? ¿Y Manuel? ─preguntó.
         ─Taita(3) no ta ─dijo niño.
         A Nicasio le resultó sorprendente la respuesta del niño porque había oído voz de hombre en el aposento.
         ─¿Qué no? ─preguntó.
         El nieto le miró con mayor tristeza. Siempre que hablaba parecía que iba llorar.
         ─No. El salió pa La Vega dende(4) ayer.
         Entonces Nicasio se volvió violentamente hacia el bohío, como si pretendiera ver a través de las tablas del seto.
          ─¿Y tu mama? ¿No ta aquí tu mamá?
          Se había doblado sobre el niño y esperaba ansiosamente la respuesta. Deseaba que dijera que no. Le ardía el pecho, le temblaban las manos; los ojos quemaban. No se atrevía a seguir pensando en lo que temía. Afuera caía la lluvia a chorros. Con un dedito en la boca, la niña miraba atentamente al abuelo.
           ─Mamá sí ta ─dijo la niña con voz fina y alegre.
           ─Ella ta mala y Ezequiel vino curarla ─ explicó Liquito.
           La sospecha y el temor de Nicasio se aclararon de golpe. Llevaba todavía el machete en la mano, y con él cruzó el patio lleno de agua. El perro gruñó al ver al viejo. Con andar ligero Nicasio entró en el bohío, caminó derechamente hacia el aposento y golpeó en la puerta con el cabo de machete. Oyó paso adentro.
            ─¡Abran! ─ordenó
            Oyó a la hija decir algo y le pareció que alguien abría una ventana.
            ─¡Qué no se vaya ese sinvergüenza! ─gritó el viejo.
            Un impulso irresistible le impedía esperar. Cargó con el cuerpo sobre la puerta y oyó la aldaba caer al piso. Ezequiel, pálido, aturdido, pretendía saltar por la ventana, pero Nicasio corrió hacia allá y le cerró el camino. El viejo sentía la ira arderle árdele en la cabeza, y precisamente por eso no quería precipitarse. Miró a su hija; miró al hombre. Los dos estaban demacrados, con las exangües; los dos miraban hacia abajo. Nicasio se dirigió a Inés, y al hablar le parecía que estaba comiéndose sus propios dientes.
           ─¡Perra! ─dijo─, ¡En el catre de tu marío, perra!
           Ezequiel ─un garabato en vez de un hombre─ se fue corriendo pegado a la pared, hasta que llegó a la puerta; pronto la cruzó y salió a saltos. Nicasio no se movió. Daba asco ese desgraciado, y a Nicasio le parecía un gusano comparado con Manuel. Inés empezó a llorar.
           ─¡No llore, sinvergüenza! ─gritó el viejo─ ¡Si la veo llorar la, mato!
           La veía y veía a la difunta. Su mayor dolor era que una hija de la difunta hiciera tal cosa. Le tentaba el deseo de levantar el machete y abrirle la cabeza. Sacudió el machete, casi al borde de usarlo. La hija se recogió hacia un rincón, los ojos llenos de pavo.
           ─¡Váyase antes que la mate! No quiero verla otra ve. No vuelva a ponerse ante mi vista. ¡Váyase! ─decía Nicasio.
           Pegada a la pared, ella iba moviéndose lentamente, en dirección a la puerta. Miraba siempre al padre; le miraba con expresión de miedo. ¡Y era bonita la condenada, con su piel amarilla y su cabello castaño!
           Como Nicasio avanzada sobre ella, Inés pensó que el camino más corto era hacia el patio. Pero el padre le conoció la intención.
           ─¡Por esa puerta! ─dijo.
Le parecía inconcebible que la hija viera a sus hijos. Era indigna de verlos después de lo que había hecho.
            Inés comenzó a temblar y a llorar.
            ─Taita… Perdón, taita ─musitaba.
            El viejo la tomó por un brazo y la condujo hacia la puerta que daba al camino; con la punta del machete levantó la aldaba y mismo tiempo obligaba a Inés a avanzar. Cuando la hija estuvo en el vano de la puerta, la empujó y la maldijo.
            ─¡Qué ni en la muerte tenga reposo tu alma! ─grito.
            Vio a su hija lanzarse al agua, que corría arrastrando lodo, a la lluvia que caía a torrentes, y sintió deseos de echarse sobre una silla a descansar, tal vez a dormir. Si hubiera sabido llorar lo hubiera hecho, aunque hubiera sido sólo con una lágrima. Pero se rehízo pronto, cruzó el bohío y salió hacia la cocina.
             ─¡Liquito! ─llamó─, Busque el burro  y póngase un pantalón, que se van pa casa conmigo Inesita y usté.
             Salieron bajo la lluvia. Nicasio iba detrás, arreando el asno y esforzándose en no pensar. Silenciosos, los niños se dejaban llevar sin preguntar a qué se debía el viaje.
              Fue al otro día por la mañana, al decir Magina que a pesar de sus previsiones nada malo había ocurrido, cuando Nicasio se dio cuenta de que había habido desgracia en la familia.
              ─Sí pasó ─explicó mientras echaba maíz a las gallinas. Se murió Inés ayer.
              ─¿Cómo? ─ preguntó Magina llena de asombro. ¿Y los muchachos? ¿Y Manuel?
              ─Los muchachos vinieron conmigo anoche. Manuel ta pal pueblo en el entierro.
              La vieja parecía aturdida. Se cogía la cabeza con ambas manos.
              ─¿Pero de qué murió? ¿Usté ha visto que desgracia?
              Entonces Nicasio levantó la cara.
             ─Vea Magina ─dijo mientras miraba fijamente a la vieja─, morirse no es desgracia. Hay cosas peores que morirse.
             Y alejó la mirada hacia las nubes que salían por detrás de las lomas, aquellas malditas nubes por la cuales había el llegado a la casa de Inés.
             ─¿Peor que morirse? ─Preguntó Magina. Que yo sepa ninguna.
             ─Sí ─respondió lentamente Nicasio. Saber es peor.
             Magina no entendió, Nicasio la miró un instante, con extraños ojos de loco, y ella pensó que los viejos cuando se quedan solos en mundo, se vuelven raros difíciles de comprender.

1. Boberías
2. Irme para donde

3. Papá
4. Desde

La desgracia
Juan Bosch
Dominicano
a las Dejar un comentario

El sedicioso - Virgilio Díaz Grullón

Lo trajeron engrillado y con escolta escolta a la hora en que el capitán Núñez solía descansar su sueñito cotidiano en el patio de la fortaleza, a la sombra de los muros que se levantaban a ambos lados del enorme portón que daba acceso al recinto.

El ruido de las pisadas sobre el empedrado y el sonido de las palabras que comenzaban a pronunciarse en el puesto de guardia despabilaron al capitán poniéndolo tenso sobre la silla de guano que había recostado momentos antes de la pared, porque aquel día sus sentidos estaban más alerta que lo acostumbrado.

Y con razón: la noche anterior había escuchado ciertos rumores que lo mantenían intranquilo. Se hablaba de problemas que estaban creando algunos grupos en el Cibao y hasta en la misma capital. Aunque el capitán Núñez no conocía los pormenores, sabía que se trataba de maniobras de políticos que pretendían desconocer la autoridad del gobierno.

El capitán Núñez, formado desde muy joven en la disciplina militar y proveniente de una familia campesina honrada y respetuosa de la ley, sentía revolverse el estómago frente a cualquier actitud que atentara contra el orden establecido. Sin ser una persona irascible ni de malos instintos, no podía evitar que le saliera de muy adentro una rabia sorda contra los malagradecidos que intentasen
poner en entredicho el mando del General.

Y era que el General no había ido a buscar ese mando. Lo tenía simplemente porque le correspondía por derecho propio. Porque había nacido para ser jefe. Nadie podía discutirle esa condición que se imponía a todos con su sola presencia. Si no hubiese sido por él, ¿cómo andaría el país?, se preguntaba a menudo el capitán Núñez. Pero esa pregunta era retórica porque para él estaba claro
cuál sería la suerte de la República si no contara con la figura providencial del
Jefe, que estaba sacrificando los mejores años de su vida en beneficio de sus conciudadanos: "Estaría echa una mierda, con los políticos jalando cada uno por su
lado y el pueblo hundiéndose en la miseria", se respondía.

Por otro lado, razonaba el capitán, "¿quiénes eran los enemigos del jefe? Los ambiciosos de siempre", se contestaba. "Los que sin ningún mérito, querían el poder para usarlo en su propio beneficio", agregaba. "Una cáfila de sediciosos y de frustrados carcomidos por la envidia". Y, entre todos ellos, el Capitán Núñez tenía bien identificados a los que consideraba los peores: los blanquitos, hijos de papá, que jugaban a ser políticos hablando fino y usando palabras raras con las que engañaban a la gente que no sabía de letras y se dejaba sugestionar con frases bonitas.

Y ahora uno de éstos estava siendo entregado como prisionero en la casa de guardia porque las palabras que escuchaba el capitán Núñez, sin ver a los que las proferían, eran las siguientes:

"Reciba este preso, teniente, y hágase responsable de su custodia... Y mucho cuidado que es peligroso", decía una voz.

"Lo conozco bien", alardeaba la otra voz. "Nunca se me podrían olvidar esos cabellos rubios y esos ojos azules. Es un sedicioso, con un largo historial de acciones subversivas. Me alegro de que por fin el gobierno se haya decidido a quitarlo del medio".

"Y creo que para siempre", confiaba la primera voz. "Estamos esperando la orden de fusilamiento de un momento a otro".

"¡Buenas noticias!", se alegraba la segunda voz. "Y pierda cuidado que no vamos a quitarle los ojos de encima a ese bandido". Y añadía, endurecida: "Tránquenlo en la última solitaria de la Torre y no le quiten los grillos'.

El capitán Núñez no dispuso de mucho tiempo para observar al prisionero, pero los sesenta segundos escasos que transcurrieron mientras el grupo atravesaba el patio rumbo a la puerta de entrada de la Torre le bastaron para comprobar que no se había equivocado en su primera apreciación y que el detenido era un ejemplar típico de la casta que más despreciaba.

La sangre comenzó a correr más velozmente en sus venas y la ira le torció la boca mientras observaba la actitud insolente del sedicioso, que ignoraba a sus custodios caminando dos pasos delante de la escolta -como si fuese él quien la comandara- y tenía una forma de mantener la frente levantada y la mirada en alto que denunciaba su orgullo de ser quien era y de estar en las condiciones en que se encontraba. Para colmo, llevaba el pelo largo, detestable costumbre de muchos jóvenes de la época que enfurecía al capitán.

Indignado, se levantó de la silla y caminó hasta el puesto de guardia donde el teniente Gómez, pluma en mano e inclinado frente a la tosca mesa de madera que le servía de escritorio, completaba trabajosamente la ficha del prisionero. "¿Vio lo que nos trajeron?", preguntó éste interrumpiendo su labor y levantando la cabeza tan pronto su superior traspuso la puerta. Nos sacamos el gordo de
la lotería".

El capitán Núñez no podía confesar ignorancia frente a su subordinado sobre la identidad del prisionero, así que evadió una respuesta directa, pero se las ingenió para continuar el diálogo como medio de obtener mayor información.

"Creía que ese hombre había sido expulsado del país,', aventuró.

"Y lo fue" corroboró el teniente, "pero volvió clandestinamente hace unos días".

"Es lo que yo digo", se enojó el otro, ya más seguro de sí para qué carajo los expulsan si, total, vuelven cuando les da la gana?

"Así es, capitán", aceptó obsecuente el teniente. No se puede contar con los gobiernos de otros países para mantener a raya a esos sediciosos..."

El capitán no estaba sacando gran cosa en limpio, de modo que perdió interés en continuar la conversación y dejó que ésta se extinguiera permitiendo que el teniente reanudara su trabajo con la ficha. Caminó entonces hasta la ventana abierta de la habitación y observó distraído los ejercicios militares que realizaban torpemente unos reclutas en el fondo del patio mientras se imaginaba a sí mismo comandando el pelotón de fusilamiento del sedicioso, oyó su propia voz ordenando el fuego, escuchó la descarga que atronaba el aire y contempló al prisionero con la rubia melena ensangrentada desplomarse atravesado por las balas.

Satisfecho del cumplimiento de su deber, regresó a la realidad con el pecho inflado de fervor nacionalista y sintió entonces renacer la curiosidad que le había asaltado antes por saber quién era el prisionero que acababa de ajusticiar en su arrebato patriótico. Se acercó con disimulo a la espalda del teniente G6mez y, sin que éste lo notara, observó sobre su hombro los datos ya completos de la ficha y leyó: fecha de entrada: 3 de septiembre de l844, nacionalidad: dominicana, edad: 31 años, apellidos: Duarte Diez, nombres: Juan Pablo, delito: traición a la patria.

Virgilio Díaz Grullón
Dominicano
a las Dejar un comentario

Trágica cacería - Michelangelo Antonioni

El 13 diciembre de 1975, cuarenta y dos personas salieron para cazar cocodrilos en la isla de Java. 28 hombres, 14 mujeres. Ellos rentaron dos botes y, cargaron provisiones, siguieron a lo largo del río.
a las Dejar un comentario

Ingreso complementario - Thomas Bernhard

Para nuestro horror, el vecino cual teníamos pensado por décadas que era el más sano y trabajador, siempre pensamos, el más contento de todos nuestros vecinos se había convertido en un homicida. El hombre, un capataz en una fundición de zinc en Vorchdorf, quien salía de casa a las seis para pasar el anochecer con su esposa y su dos niños y del quien incluso el departamento bomberos, al cual, dentro de lo normal, él ha pertenecido desde que tenía diez, habló sólo en términos de elogios, así como el párroco, que a menudo lo había convencido de arreglar la iglesia, libre de cargos por supuesto, supuestamente asesinó a una mesmerista que vivía cerca de Vorchdorf y era ampliamente conocida y querida, porque, cuando él irrumpió dentro de su casa en la calle central en la cual él supuso que encontraría el dinero que la mesmerista y sanadora había obtenido de sus clientela en horas extras y escondido lejos, ella lo sorprendió en el acto. Nuestro vecino le contó a la policía que él quería complementar su ingreso porque la fundición de zinc le pagaba muy poco.

a las Dejar un comentario

Gigante - Thomas Bernhard

En el cementerio en Elixhausen, algunos obreros que habían sido contratados para construir una tumba para el fallecido dueño de una fábrica de queso, excavaron, a una profundidad de dos pies, el esqueleto de un hombre que debió haber sido de nueve pies de alto y que había aparentemente sido enterrado 150 años atrás. Así como algunos pueden remotamente recordar, sólo se sabe de personas muy pequeñas han vivido en Elixhausen.